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martes, 30 de abril de 2013

Primarias


Mario Salvatierra Saru  29 de abril de 2013

En junio de 1997, tras perder las elecciones generales el año anterior, Felipe González, para sorpresa de muchos, anunciaba que dejaba la secretaría general del PSOE. En ese XXXIV Congreso, Felipe González hizo caso, quizás por primera y única vez, a la corriente de opinión Izquierda Socialista. Su portavoz federal, Antonio García Santesmases, ante la hecatombe del último período de gobierno del PSOE, venía reclamando por entonces que la mejor manera de cerrar la crisis interna y de afrontar la nueva etapa del gobierno de José María Aznar era que Felipe González diera un paso atrás. El líder lo entendió pero lo que no supo valorar fue las consecuencias que tendría designar directamente al nuevo secretario general. Joaquín Almunia era portavoz parlamentario en el Congreso de los Diputados y fiel ariete del felipismo frente a Alfonso Guerra, la verdadera pieza a batir en aquel Congreso. No hemos de olvidar que, desde que se perdieron las elecciones en marzo de 1996, el debate giraba en torno a si era posible que González continuara dirigiendo al PSOE pero sin Guerra. La dimisión de Felipe arrastró a la de Alfonso; sin embargo, el encumbramiento de Almunia como secretario general nació averiado. Los liderazgos no se heredan, se conquistan, decían los delegados.

Esta es la razón por la que se afirmaba que Almunia carecía de legitimidad de origen. Mayoritariamente las bases hubieran aceptado con cierto sosiego que ese cargo lo ocupase Javier Solana pero sus compromisos con Will Clinton le impedían abandonar la secretaría general de la OTAN. No obstante, la noche anterior de ser nombrado Almunia, muchos delegados propusieron que Josep Borrell -por cierto, nunca visto como "catalán" dada su vocación jacobina- encabezase una alternativa. Se proponía que los delegados votaran entre Almunia o Borrell. Este es el germen de las primarias internas que, a decir verdad, no son propiamente primarias como tampoco lo fue el proceso de elección de José Luis Rodríguez Zapatero. La novedad consistía, sin embargo, en que no se proponían dos listas alternativas completas, sino que lo que se disputara fuera el liderazgo: el jefe de filas. En ese tiempo, todo sea dicho, resultaba inconcebible que el secretario general se eligiera con independencia de la Ejecutiva.

Aquella noche el intento fracasó pero cobró fuerza la cimiente: se demandaron primarias entre los militantes para elegir al candidato en las elecciones del año 2000. Izquierda Socialista siempre había criticado el modelo cesarista de Felipe González: un partido subordinado a la conciencia del líder. Asimismo, en muchas ocasiones había advertido del peligro que conlleva la vertiente presidencialista en un sistema que es parlamentario. El votante español no elige a un presidente como es el caso francés o norteamericano, sino que lo que votamos son listas para el Parlamento. Es importante tener en cuenta que ambos sistemas son opuestos e introducir la mecánica electoral de uno en el otro podría acarrear situaciones indeseables.

Todos sabemos cómo acabó el experimento de Borrell: el PSOE no tenía la tradición del PNV, la bicefalia fue imposible porque, en resumen, el aparato se negaba a perder cuotas de poder y, además, el medio de comunicación "amigo", El País, hizo cuanto pudo para que Borrell no llegase a la meta final. Almunia terminó siendo el candidato. Aquel proceso produjo, sin duda, una gran frustración y la querella interna se enquistó aún más. Después del batacazo electoral -no perdamos de vista que Almunia, para mayor incredulidad de las bases del PSOE, había formalizado un pacto con Francisco Frutos, líder de Izquierda Unida, con el fin de representar una futura coalición de gobierno-, presentó su dimisión sin previo aviso. Tuvo que hacerlo de ese modo porque, de lo contrario, el aparato lo habría impedido.

Una gestora se encargó de preparar el XXXV Congreso y finalmente los delegados concurrieron sabiendo que se presentaban cuatro candidaturas: José Bono, José Luis Rodríguez Zapatero, Matilde Fernández y Rosa Díez. Aquí únicamente votaban los delegados para la secretaría general del PSOE, esto es, no hubo un proceso de primarias como ahora se reclama ni tampoco fue como en la elección del candidato a la presidencia del gobierno. Deseo significar una nota muy relevante: cuando se celebraron las primarias entre Borrell y Almunia muchos afiliados que habían dejado de pagar la cuota del Partido volvieron a las Agrupaciones para ponerse al día y no me equivoco si digo que también regresaron para cambiar las cosas y votar a Borrell. Aún hoy el aparato no ha digerido aquella píldora: la vuelta de las bases al Partido revelaba el increíble grado comatoso en se encontraba la organización. ¿Qué se quería? Algo muy sencillo: democracia interna.

En efecto, la elección de José Luis Rodríguez Zapatero marcó un primer esbozo de democracia interna. Sin embargo, tuvo un corolario perverso: "el que gana se lo lleva todo". Esto es, sus contrincantes quedaron reducidos a la insignificancia en la elección de la Ejecutiva. Tal vez se debió a que Bono, con ese inconmensurable aprecio que tiene de sí mismo, jugó al todo o nada. El hecho es que la democracia valió para la elección de candidatos pero posteriormente no para la toma de decisiones. Dicho de otra forma, la Ejecutiva era monolítica en torno al líder: no integraba en la toma de decisiones a las otras sensibilidades. Así pues, el Partido se deslizaba por una pendiente cada vez más presidencialista hasta que alcanzó su máxima cumbre cuando, del 9 al 10 de mayo de 2010, Rodríguez Zapatero, sin consultarlo con la organización ni con el grupo parlamentario, adoptó una serie de medidas que aún estamos pagando. ¿No hubiera sido más lógico que, al menos, hubiese convocado al grupo parlamentario para someter a debate semejante cambio de rumbo? Si no podía celebrarse un Comité Federal Extraordinario dada la urgencia de los hechos, ¿qué menos que reunir en el Congreso a los diputados y senadores con el fin de que valorasen el alcance de esas medidas? En suma, la mezcla entre el modelo presidencialista y la tenaza de la disciplina de partido provocó un mayor ahondamiento en el sentimiento de lejanía entre la cúpula y la militancia. Ya no era sólo que las bases no contaban sino también los propios cuadros del Partido.

Paradójicamente, en toda su trayectoria, Rodríguez Zapatero no había parado de hablar de las bondades de la "democracia deliberativa". ¡Menuda "deliberación"! A partir de ahí todo quedaba bien atado mediante el salvoconducto de la "responsabilidad". Comenzó a funcionar el engranaje diabólico de la responsabilidad: si disientes, eres un irresponsable porque das argumentos a la derecha y si, por el bien del Partido, callas, entonces eres responsable de tu silencio. En cualquier caso, siempre serás culpable. Cuando una organización entra en la lógica de que sólo caben la "lealtad" o la "salida" está firmando la sentencia de muerte de la democracia interna. Una institución de este tipo se transforma, según sea el carácter del líder político de turno, o bien en un cuartel o bien en una iglesia y sus militantes pasan a ser respectivamente reclutas o feligreses y, en el peor de los casos, reclutas feligreses (¡que también abundan!).

 Además de la lealtad y la salida, una organización para ser verdaderamente democrática tiene que garantizar la "voz", esto es, el disenso en sus propias filas. Democracia interna no es sino admitir la posibilidad y existencia del disenso en la estructura orgánica interna. Y que tales manifestaciones, si cuentan con un grado suficiente de apoyo, aunque sean minoritarias, no sean condenadas al ostracismo. La historia del Partido Socialista ofrece sobradas pruebas de que nadie está en posesión de la verdad absoluta (como en la Iglesia) ni tampoco funciona "manu militari" (como en el cuartel). En definitiva, ni reclutas ni feligreses, queremos ser ciudadanos fuera y dentro del Partido.

En consecuencia, es obligado repensar cómo se articula la democracia interna porque lo que es obvio es que las primarias (entendidas como un hombre, un voto) refuerzan el sentido de mayor participación para elegir candidatos (sea para secretario general, sea para el concurso electoral) pero, sin embargo, dejan muy en el aire el mecanismo que debe garantizar la integración orgánica de las distintas posiciones ideológicas. Y, por favor, que no se diga que ahora no es el momento de debatir estas cosas porque hay más de seis millones de parados. ¿Es que estamos gobernando o vamos a gobernar dentro de unos meses? Ahora no toca gobernar, lo que ahora toca es que arreglemos el follón interno. Democracia sí, pero cómo. Para elegir al líder es necesaria, pero insuficiente para que el partido de verdad se democratice. 

sábado, 2 de marzo de 2013

Carta abierta a los/las compañeros/as de Izquierda Socialista


Mario Salvatierra Saru   1 de marzo de 2013

Compañeros y compañeras:

Son muchos los temas que en estos momentos están provocando una profunda alarma social y que nosotros, como miembros de la Corriente de Opinión Izquierda Socialista, inexorablemente tenemos que abordar. Tal vez nunca antes como ahora se están cuestionando tantas cosas a la vez y con una virulencia inusitada. Señalaré algunas de ellas y no por orden de importancia porque todas concurren conjuntamente y, aunque a primera vista no lo parezca, están interconectadas.

Europa ya no se vislumbra como una fuente de esperanza. En lo político, Europa carece de liderazgo como Unión de Estados dado que Alemania, único país europeo que funciona conforme a los intereses egoístas del Estado-Nación, en virtud de una estrategia maquiavélica de Ángela Merkel, juega a la ambigüedad calculada con gran rentabilidad para el poder económico germano y de nefastas consecuencias para la integración europea. En lo económico, la prevalencia del modelo neoliberal, austeridad más tijeretazo en el gasto social, está destrozando las coordenadas elementales para generar crecimiento y, en consecuencia, empleo. La mayoría de la población de la Europa del Sur percibe que estabilidad de la tecno-burocracia de la Comisión Europea y el bienestar de los mercados financieros, es decir, la tranquilidad de las élites políticas y económicas, acarrea la ruptura del modelo social europeo y el malestar de una ciudadanía desamparada.

Recientemente hubo elecciones en Italia y quien estuvo gobernando el país hasta hace unos días, Mario Monti, ha obtenido un pésimo resultado y, sin embargo, Europa del Norte le indica a los italianos que tienen que perseverar en las mismas políticas económicas de recorte. ¿Para qué hubo elecciones si en lo fundamental tienen que hacer lo mismo? ¿Para qué sirve la democracia? Hubo un tiempo en que hablábamos de las “promesas incumplidas” de la democracia, pero había promesas. Ahora estamos ante un nuevo dictado: “democracia sin promesas”.

En consecuencia, desde el mismo nódulo de Europa se está cuestionando los fundamentos de la democracia. Las bases de la democracia liberal se tambalean y esto no ocurre únicamente porque determinado país tenga un sistema electoral fallido o un sistema de partidos perverso, sino que se deriva de la hoja de ruta que se está diseñando en la Unión Europea: “elecciones sin políticas”. Quien gane – sea conservador, liberal, populista o socialdemócrata- tendrá que hacer lo mismo. Conclusión: Política es Destino.

Por si fuera poco, dentro de nuestras fronteras las cosas se agravan. La actual estructura territorial del Estado, que en su origen nació cuestionada, ya no da más de sí. De un lado, es una anomalía que en pleno siglo XXI subsistan “derechos históricos de los territorios forales” (Disposición Adicional Primera de la Constitución) de carácter predemocrático que, en lo que respecta al ordenamiento financiero, genera de hecho un sistema “confederal” suscitando, de ese modo, un sentimiento de agravio comparativo entre las distintas naciones y regiones de España. Puestos los privilegios en unos, es inevitable la pregunta de por qué nosotros no. Si de verdad ahora queremos hacer las cosas bien, esto es, modificar la Constitución en una situación de igualdad entre todos los participantes, entonces tendremos que reconocer que la Constitución de 1978 nació marcada por dos grandes sombras: el peso del régimen franquista en las Fuerzas Armadas del Estado y en gran parte del establishment económico y, de otra parte, las dentelladas de ETA contra la estabilidad nacional. Sin estos condicionantes internos no se puede entender la Constitución de 1978. Ello no quiere decir que desde el exterior no hubiera ninguna clase de condicionantes y que los intereses geopolíticos, por ejemplo, de Estados Unidos de América fuesen totalmente ajenos de lo que se estaba haciendo en España. De otro lado, si bien es verdad que el régimen autonómico implicó una descentralización administrativa del Estado, no es menos cierto que, en relación a los distintos niveles de autogobierno político y en lo relativo al reconocimiento de los hechos diferenciales culturales de las nacionalidades, ha encallado su camino hacia una construcción federal del Estado. Prueba de este truncado recorrido es el actual funcionamiento del Senado. Del agotamiento del modelo autonómico se sale con el federalismo. Es una quimera pensar que la crisis territorial se resuelve volviendo al centralismo o bien a un jacobinismo “a la española”, es decir, amputándole el recorrido histórico que ha tenido en Francia.

La unidad de España no se fortalece rechazando la heterogeneidad y diversidad de su contextura poblacional. Unidad no significa uniformidad ni tampoco igualdad significa identidad. Igualdad y diferencia: esta es la base para construir un proyecto común en el que no sólo podremos “conllevarnos” sino también “convivamos”. O reconocemos que España es una nación de naciones o terminaremos desgarrados por la fuerza centrípeta del nacionalismo españolista y la pulsión centrífuga del nacionalismo periférico. Ambos comparten la misma pretensión: a cada nación un Estado y a cada Estado una única nación. El nacionalismo se cimenta en la exclusión del otro y se alimenta con la exclusión de lo otro. Su cimiento y alimento es la exclusión.

El único remedio eficaz contra el nacionalismo es la integración y la inclusión. Es viable la España nación de naciones desde un sentimiento compartido de proyecto común y desde el máximo respeto al derecho a la diferencia que no diferencia de derechos. De lo contrario, más bien temprano que tarde, iremos al choque entre ambos nacionalismos. Y nosotros, socialistas, que somos absolutamente conscientes de que la historia de España no es unidimensional y que cargamos con gran parte del pozo de la memoria de los republicanos vencidos en la guerra civil, sabemos que en este tema no podemos quedar en tierra de nadie, atrapados entre banderas que no son las nuestras, y arrugados por la propia complejidad del desafío. Defender a España como nación no es ser españolista y tampoco defender a Cataluña como nación es ser nacionalista.

Por todo ello consideramos que es un error pensar que quienes defienden, desde una posición de izquierdas, el derecho a que en Cataluña haya una consulta sean sin más nacionalistas. ¿Es o no España un Estado plurinacional? Que el País Vasco y Cataluña son naciones –lo reconozca o no la Constitución- es un hecho. Obcecarse en negar el hecho a lo único que conduce es a radicalizar los extremos y a profundizar aún más en la división. Es lo que ha ocurrido en Cataluña con el tratamiento que ha dado el Tribunal Constitucional al Estatut. Guste o no, España es un Estado plurinacional y si la salida inteligente a este conflicto pasa por el federalismo, entonces hay que abordarlo desde un modelo de federalismo plurinacional y no desde el modelo decimonónico del federalismo nacional. Únicamente respetando a los distintos demos que configuran a España podremos librarnos del atolladero nacionalista. Los catalanes tienen derecho a decidir si quieren o no formar parte de España. Negarles ese derecho, en pleno siglo XXI, acentuará todavía más el sentimiento de independencia. Política es asumir riesgos y aceptar los desafíos. A nuestro juicio, lo mejor para Cataluña es que siga siendo parte de España y no que forme un todo aparte. Lo que ocurre es que, si no queremos que haya divorcio, entre las partes y el todo tiene que haber una nueva relación, esto es, un nuevo contrato. Y ese nuevo contrato pasa por asumir la cultura federal entre demos que tienen una profunda raigambre nacional. Sólo así, desde el reconocimiento y el respeto a las diversas realidades nacionales, saldremos de esta encrucijada.

Sin embargo, la profunda crisis que está afectando a nuestro incipiente Estado de bienestar hace que, por una parte, se recrudezcan los prejuicios nacionales de unos contra otros, de tal suerte que el malestar de unos se aprecie como producto del bienestar de otros o viceversa y, por otra parte, quebranta la fraternidad entre los ciudadanos porque aventa el credo de que la única posibilidad de salir adelante es sometiéndose a la lucha de todos contra todos: el excluido contra el parado que cobra prestación, éste contra quien tiene un empleo en precario, éste contra el trabajador fijo con derechos, éste contra los funcionarios y así sucesivamente. Los de abajo no se salvan de la quema: tener trabajo con derechos es un privilegio. A pie de tierra se impone el modelo chino o, en el mejor de los casos, el modelo brasilero. Pero, ¿qué ocurre con los de arriba?

El paradigma lo constituye la reciente visita a nuestro país de Mario Draghi. Mientras que miles de personas se manifiestan por los desahucios, miles claman contra el timo de las acciones preferentes y otras miles denuncian los recortes en sanidad, educación y políticas de igualdad, el presidente del Banco Central Europeo, artífice de la política del austericidio, es blindado en el Parlamento de tal manera que su intervención se realiza a puerta cerrada, cual si fuera un Rey celestial que no puede oír los gritos de la masa indignada. Esto es, los de arriba, quienes han provocado la crisis, se van de rositas. En definitiva, quieren hacernos creer que la crisis, el vaciamiento de las arcas del Estado, es producto de haber vivido por encima de nuestras posibilidades y de unos políticos que, inspirados en el cortoplacismo electoral, auspiciaron un consumismo irrefrenable con tal de mantenerse en la poltrona.

En gran medida, han conseguido librarse de toda responsabilidad cargando el peso de la culpa exclusivamente en los políticos. Degradando a los políticos consiguen, a su vez, destrozar la política, es decir, el control democrático de la economía. El objetivo es bien claro: liberar a la economía de la política. Es el viejo anhelo del neoliberalismo: hacer que la economía escape de cualquier control político. Ocurre, no obstante, que mucha gente ya cree en este infundio. De ser una idea ha pasado a ser una creencia: ha calado el tópico de que todos los políticos son iguales y que lo mejor que puede ocurrir es que se vayan todos. Probablemente no todos se irán y los que se queden sean los peores: los populistas. Nacionalismo y populismo son las respuestas inmediatas a los actuales desafíos de la globalización económico-financiera. Y ambos tienen un poderoso atractivo: la fuerza de la emoción irracional.

Asimismo, muchas personas parecen haber llegado a la siguiente conclusión: PSOE-PP, la misma mierda es. No habría, por tanto, diferencia entre la derecha y la izquierda o, mejor dicho, el PSOE es de derechas. De tanto pactar con el capitalismo la socialdemocracia habría llegado al final de su ciclo político. Son muchos quienes, desde una posición de izquierda radical, piensan que ha llegado la hora de enterrar a la socialdemocracia e iniciar la andadura de la nueva izquierda. No cabe duda de que la socialdemocracia española y, sobre todo, la europea tienen que repensarse e incluso tal vez refundarse, pero de ahí a afirmar que están muertas hay un largo trecho.

Nuestro dilema no es o el PASOK o Syriza, ni tampoco o el PSOE o la calle. Estos son falsos dilemas. No tiene sentido político la protesta sin propuesta. ¿Propone la izquierda radical acabar con el capitalismo? ¿Propone la izquierda radical que Cataluña sea un Estado independiente? ¿O más bien tenemos que pensar que, en lo relativo a la economía, la izquierda radical se mueve en los parámetros de la socialdemocracia clásica? Aquella socialdemocracia que ellos, en la primera mitad del siglo pasado, criticaban por no haber dado el salto hacia el comunismo traicionando así a la clase obrera. Es decir, para la izquierda radical lo que antes era malo ahora es lo mejor. Y, en lo que respecta a la cuestión de las identidades, la izquierda radical apoya el derecho a decidir del pueblo de Cataluña, pero ¿decidir qué?, ¿una Cataluña independiente fuera de España pero no de Europa? ¿Qué es lo que van a decir? Aún no lo sabemos. A diferencia de otros países europeos, España padece, además de los conflictos de clases, un combate de identidades. Y esto no se resuelve pensando que si superamos el conflicto de clases, disolvemos los antagonismos de las identidades. Para bien o para mal, la realidad española es mucho más compleja.

Por otra parte, no hay duda de que las diferentes mareas (verdes, blancas, negras, etc.) que se manifiestan en la calle están cargadas de razón. El Partido Popular ha adoptado una estrategia virulenta: el que resiste gana. Primero denigra a los propios actores de las mareas y luego a sus representantes sindicales. El mensaje es nítido: el PP no negocia. Hubo una manifestación masiva de mineros, otra de docentes, otra de personal sanitario y muchas más. Hasta ahora ninguna de ellas ha logrado doblarle el pulso al gobierno de Mariano Rajoy y, en consecuencia, se ha instalado la percepción general de que los sindicatos ya son incapaces de cumplir su función mediadora. A ello tenemos que sumarle la brutal campaña de los medios de comunicación contra los sindicatos. Se trata de deslegitimar a la única fuerza creíble que le queda a la clase trabajadora. La campaña de desprestigio llega al extremo de llamar a los liberados sindicales “los aristócratas” de la clase obrera. Para la élite económica tener un trabajo decente, con derechos, es moralmente indecente.

Decíamos que la protesta sin propuesta no es política. Y esto es lo que ha ocurrido con el movimiento Wall Street: después de intensas jornadas de protestas ha quedado en nada. Y todo porque su fin se consumía en la mera representación callejera: se disolvió porque agotaron la protesta en la representación. La representación por la representación en sí misma no conduce a nada. O peor incluso, desemboca en la antipolítica. Es decir, se pasa del sentimiento de indignación al del fracaso y de ahí a la frustración y, por último, a la resignación. Nosotros, los socialistas, no podemos permitirnos semejante desenlace. Es imprescindible, entonces, hacer propuestas y hacernos cargo de que la vamos a cumplir. Ya no cabe un Parlamento a medias, que en raras ocasiones delibera de verdad, y jamás libera a la población de la opresión y de la dominación. Queremos que el Parlamento delibere y libere a los ciudadanos. Un Parlamento enjaulado representa la jaula del oprobio: incapaz de liberarse del corsé económico que impone el capitalismo financiero.

El tema que tenemos que dilucidar, compañeras y compañeros, es quién o quiénes canalizan el profundo malestar de la ciudadanía. Parece evidente que el PSOE por si solo ni puede ni podrá encausar todas estas marejadas de protestas. Es más, el peligro que corre el PSOE es que pase a ser un partido irrelevante. A mi juicio, tres son las posibilidades que tenemos por delante: o el PSOE permanece atenazado por la responsabilidad de supeditarse a los dictados de los eurócratas sin dar un giro que rectifique el sendero emprendido, lo cual le llevará a terminar como el PASOK, o cambia de marcha o bien para promover una corrección al actual modelo del euro, o bien para romper con la moneda común. La solución no pasa por asumir el enorme sacrificio social que nos demanda la eurozona ni tampoco, por ahora, por romper con el euro. Necesitamos, en mi opinión, profundizar en el cambio de escenario: tratar de conseguir, junto a otras fuerzas políticas de izquierdas, con los sindicatos de clases, las distintas plataformas ciudadanas, la Confederación Europea de Sindicatos, etc., volver a recuperar el modelo social europeo. Esta es nuestra carta y también la manera de abordar el debate de manera madura y constructiva. Que esta es una tarea difícil, seguro; pero más vale tener un horizonte adelante que quedarnos en el vacío del nihilismo postmoderno.

No obstante, nada de lo dicho hasta aquí se podrá hacer si no se produce una profunda renovación en el seno del PSOE. Tal vez no sea suficiente cambiar de liderazgo y, con él, de proyecto para recobrar la credibilidad perdida. Pero, sin duda alguna, esta es una condición necesaria para afrontar los retos que tenemos por delante.

P.D. Como esta es una “carta abierta” que invita a la reflexión y al debate, me gustaría que cualquier comentario a ella me lo dirijáis a mi correo electrónico:  msalvatierra@asambleamadrid.es



miércoles, 23 de enero de 2013

Intervención de Tomás Gómez en el Comité Regional 20-01-2013


Compañeros y compañeras,
La mayoría de los españoles del 2013 hemos vivido la mayor parte de nuestra vida adulta en democracia.
La mayoría no tuvimos que luchar porque hubiera elecciones libres, porque cuando tuvimos edad de votar, ya las había.
La mayoría no tuvimos que luchar por la libertad de prensa, porque cuando tuvimos edad  para interesarnos por los asuntos públicos, pudimos comprar periódicos en los que se denunciaban los errores de los gobernantes, periódicos capaces de hacer caer gobiernos.
No tuvimos que luchar por el derecho de reunión y de manifestación, porque cuando tuvimos edad para salir a la calle a protestar contra leyes educativas o leyes laborales, lo pudimos hacer sin mayores dificultades.
Nos pudimos reunir, nos pudimos asociar y nos pudimos afiliar a partidos y sindicatos.
A la mayoría de los españoles todos esos derechos nos resultan tan normales como la electricidad o el agua corriente en nuestras casas.
Nosotros, los socialistas, sabemos bien que todos esos derechos costaron vidas, cárceles, sacrificios; sin embargo ahora, hasta nosotros, tan conscientes de lo difícil que fue conquistarla, damos por supuesto que la democracia y la política están a salvo para siempre en nuestras sociedades. Yo también así lo creo, y sin embargo no dejo de estar preocupado, como lo estáis muchos de vosotros.
La democracia sigue teniendo enemigos. El poder del pueblo sigue siendo contestado por otros poderes también presentes en el terreno de juego de las llamadas democracias avanzadas.
Esos enemigos de la democracia no han dejado de existir nunca, no han dejado de cultivar sus ideas, de hacerlas más sutiles, más eficaces, más fuertes. Incluso en los años de  prosperidad, de conquistas sociales y económicas, de extensión de la protección social y de las libertades individuales, los poderes que compiten con el poder del pueblo no dejaron de fortalecerse en su organización y en su ideología.
El poder del dinero extendió la ideología del mercado, y con la ideología del mercado los ricos legitimaron su riqueza y su influencia social.
También la tecnocracia se hizo más poderosa, y los expertos fueron ocupando parcelas de poder, por ejemplo en el mundo de la economía, hasta llegar a tener un poder mucho más grande que su supuesto conocimiento.
La jerarquía eclesiástica también se benefició de la prosperidad, pero no dejó de combatir el derecho de los poderes democráticos a establecer un Estado laico y una educación laica.
Incluso las élites propietarias y dirigentes de ciertos medios de comunicación se sintieron legitimadas para poner o quitar líderes democráticos a su interés o a su gusto, o para determinar la agenda de los gobiernos democráticos.
Ahora, cuando la crisis económica debilita las defensas de la democracia, todos esos poderes la combaten con más fuerza que nunca, y también con más eficacia que nunca. Si alguien imaginaba que serían los tanques o los fusiles los que cerrarían los parlamentos, se equivocaba. Hoy mayorías absolutas salidas de las urnas, debilitan y anulan la representación parlamentaria, y lo hacen con el aplauso de mucha gente. Eso es lo que ha hecho Cospedal. Y eso es lo que el PP quiere hacer con los concejales de toda España.
Toda la izquierda se escandaliza de que los enemigos del Estado del Bienestar quieran aprovechar la crisis para desmantelarlo y venderlo.
Toda la izquierda ve con claridad que detrás de denuncias sobre el gasto sanitario se esconde la voluntad de convertir la sanidad en un negocio y la salud de las personas en una mercancía.
Toda la izquierda ve con claridad que detrás de las críticas a la ineficiencia del sistema educativo, se esconde la voluntad de privatizar el conocimiento, la voluntad de extender determinados valores contrarios a la libertad de las conciencias, a la dignidad del diferente, a la riqueza y la pluralidad de la vida.
Toda la izquierda ve con claridad que detrás de las denuncias de la insostenibilidad del sistema de pensiones, está el interés particular de los seguros privados y de los grandes capitales financieros que vuelan por el ciberespacio y que, como plagas de langostas, se posan sobre la riqueza acumulada por generaciones de ciudadanos a lo largo de sus vidas.
Toda la izquierda sabe todo esto, y toda la izquierda distingue entre acabar con el abuso de una persona que cobra una pensión indebidamente y acabar con el sistema de pensiones.
Toda la izquierda distingue entre acabar con el abuso de una persona que falsea su declaración de la renta para obtener una beca de estudios, y una política destinada a acabar con las becas.
Toda la izquierda distingue perfectamente entre mejorar la eficiencia del sistema sanitario y privatizarlo. Es más, toda la izquierda ya sabe contestar que el sistema sanitario norteamericano es más caro y menos eficiente que el nuestro. Que cuando se tiene un sistema sanitario como el español, es mejor tratarlo con vitaminas que con bisturí.
Todavía hay quien piensa que la derecha está desnortada y que va improvisando sobre la marcha; otros, por el contrario, que la derecha hace lo que puede, que hace lo que tendría que hacer cualquiera, que no hay margen.
Esa es una de las grandes mentiras que hay que desmontar y que tenemos la obligación de desmontar: La derecha no hace lo que puede, hace lo que siempre quiso hacer.
Si desmantelan el sistema de sanidad pública, no lo hacen por la crisis, sino porque nunca les gustó, porque desde el mismo día en que fue presentado por nuestro compañero Ernest Lluch en el Parlamento, ellos ya votaron en contra.
El ataque a la educación pública que hoy llevan a cabo, nada tiene que ver con la crisis. La reforma educativa que han aprobado es la misma que intentaron aprobar hace años con Aznar en el Gobierno cuando no había crisis.
La ley de la dependencia que han derogado de manera encubierta, es la misma que boicotearon las comunidades gobernadas por el PP, como Madrid, desde el mismo momento de su aprobación.
A diferencia de lo que ocurría hace algo más de un año; hoy, buena parte de los sufrimientos de los españoles no tienen su origen en la crisis, sino en las mayorías absolutas del PP, en la concentración del poder económico y el poder político en manos de la derecha.
La Contrarreforma Laboral se ha hecho recogiendo las peticiones que desde la gran patronal se llevan haciendo desde hace décadas, el retroceso en los derechos de las mujeres, la reforma de la Justicia, el refuerzo de la religión en los colegios,… no son políticas contra la crisis o consecuencia de la crisis, son consecuencia de la voluntad política de la derecha, una voluntad que es coherente con su ideología y sus intereses.
La estrategia de la derecha de usar la coartada de la crisis para desmantelar y vender, es decir, venderse a sí misma, el Estado del Bienestar, es la misma  estrategia que están usando para desmantelar la democracia, para privatizar el poder político.
Y de igual modo que toda la izquierda ya tiene claro que detrás de la denuncia de las ineficiencias del Estado del Bienestar no hay siempre una voluntad de mejorar la sanidad o la educación. Toda la izquierda, y todos los demócratas, deben tener exactamente igual de claro que detrás de la denuncia de los fallos de la democracia no anida siempre un deseo de mejorar la democracia.
La crisis no puede utilizarse como coartada para acabar con miles de concejales que sirven a sus comunidades locales sin más compensación que el orgullo de servirlas.
Los que han visto en la crisis una oportunidad de debilitar la representación popular son todavía peores que los que han visto la oportunidad de acabar con el Estado del Bienestar. Porque sin democracia no hay Estado del Bienestar.
Sin democracia no hay sanidad pública de calidad, ni educación de calidad, ni pensiones dignas; sin democracia no hay dignidad; pero además, sin democracia, no hay fiscalía anticorrupción, capaz de denunciar a los miembros del partido que está en el gobierno, ni medios de comunicación capaces de hacerse eco de esa denuncia, ni parlamentos capaces de controlar al poder democrático.
La acusación genérica de corrupción a todos los representantes democráticos sin distinción es, en sí misma, una acusación corrupta; es un acto de corrupción, un acto de complicidad con la peor corrupción de todas. Confundir a Bárcenas con el último concejal del último pueblo de nuestro país, es otra forma de corrupción. Y esto es bueno que lo sepa toda la izquierda, es bueno que lo sepan todos los demócratas.
Cuando se cuestiona la honestidad y la competencia de todos los representantes municipales, de todos sin distinción, y se propone sustituir el poder democrático de ciudadanos que representan democráticamente a otros ciudadanos por el poder tecnocrático de un experto, de un funcionario, se está debilitando el poder de los ciudadanos, el poder de la democracia. Se hace en nombre de la ética, de la razón, del interés general, siempre ha sido así, siempre es así, y siempre significa lo mismo, significa la instauración de un sistema más corrupto, más ineficiente, más injusto.
Puede ser que la democracia tenga mala salud, pero es mejor tener mala salud que no tener ninguna. La democracia no se mejora debilitando los parlamentos mediante la instauración de representantes a tiempo parcial como ha hecho Cospedal en Castilla la Mancha; la democracia no se fortalece sustituyendo a los representantes por asesores del ejecutivo como quiere hacer el PP de Madrid.
Durante mucho tiempo, si uno se oponía al discurso de la ineficiencia del sistema sanitario era acusado de inmovilista. Hoy somos muchos los que no nos dejamos engañar, sabemos que detrás de la denuncia de los defectos del sistema sanitario público no está la voluntad de mejorarlo, sino de quedárselo, incluso con más defectos, en manos privadas. Pues bien, debemos empezar a darnos cuenta que detrás del discurso de los defectos de la democracia, está la voluntad de privatizar el poder social. Todo el poder social.
Sé que es más fácil ser demócrata cuando la economía crece y el empleo es abundante, pero si alguien soñó encontrar una oportunidad de defender heroicamente la democracia no la va a encontrar mejor que ahora; es ahora, con la economía en recesión, con seis millones de parados, cuando uno tiene que demostrar si cree en la democracia, si cree en los procedimientos, si cree en la representación. Los socialistas siempre hemos presumido de nuestra identidad democrática, es hora de demostrar que nosotros aprendimos bien la lección de los años treinta del siglo pasado.
En aquellos años, también años de una crisis pavorosa, hubo quienes, en la izquierda y en la derecha, desistieron de la democracia. Entonces también hubo quien pensó que el camino del parlamento es un camino demasiado lento cuando hay personas que sufren, que no tienen trabajo, que no tienen vivienda, que no tienen futuro. Entonces hubo quien pensó que la política se hace con discursos y con palabras, y que las palabras son un material demasiado endeble para cambiar el mundo. Gente que pensó que la política es ineficiente, demasiado cara, que es corrupta, y que había que intentar otros caminos.
Nosotros, los socialistas defendemos la democracia representativa, deliberativa y participativa, también ahora, en estos días fríos y sucios, en los que conocemos que quienes propugnan las malas políticas hacen también política mala. Hoy sabemos que los que usan la corrupción contra la democracia, son doblemente corruptos. Ahora es el momento de defender la democracia, los parlamentos, los ayuntamientos. Por cada Bárcenas hay mil concejales honrados en España. Esa es la verdad. Y si esa es la verdad, entonces son los miles de representantes honrados los que definen el listón ético de nuestra democracia, y no Bárcenas.
Ya está bien. Si Bárcenas ha acumulado tanto dinero, alguien se lo habrá dado; si Bárcenas se ha corrompido, alguien lo habrá corrompido. ¿No es hora de exigir transparencia al poder del dinero?. Si el poder que emana del pueblo tiene el deber de ser transparente, si debemos vigilarlo y controlarlo, ¿no deben ser más transparentes aún los poderes no democráticos? . Si los que representan al pueblo deben ser vigilados ¿quién vigila a los que representan al dinero? ¿No sería esa una forma de mejorar la calidad de la democracia?
Hay demasiado terreno por el que avanzar para que nosotros, los socialistas, retrocedamos un milímetro en la defensa del sistema democrático.
Cuando nos dicen que si debemos hacer un discurso más a la izquierda o más al centro, yo pienso que tenemos que hacer un discurso que se parezca a nosotros mismos, porque si no lo hacemos así nadie nos creerá, hagamos el discurso que hagamos. Y si nosotros somos el partido de la democracia de 1978, de la democracia que más libertad y prosperidad ha traído a España en toda su historia, no vamos a dejar que desmantelen la democracia como no vamos a dejar que desmantelen el Estado del Bienestar. Así que haremos un discurso en defensa de la democracia, de la única democracia real que ha tenido España en toda su historia.
Sé que hay compañeros que piensan que tenemos que hacer un discurso más suave y más amable, yo estoy de acuerdo: creo que en una realidad que cada día es más áspera y más cruel con muchas personas nosotros tenemos la obligación de alimentar su ánimo, de sostenerlos con los recursos que tengamos a nuestro alcance, y si no tenemos otra cosa, al menos sostenerlos con palabras amables. Sin embargo, también pienso que hay que hablar claro, con respeto, pero claro.
Y con respeto decirle claramente a quienes han pensado hacer su negocio con el sistema sanitario de la comunidad de Madrid, que la sociedad madrileña no quiere que lo hagan, y que si aún así persisten, también nosotros persistiremos, y que no pararemos hasta revertir la privatización de lo que es de todos, eso sí, con mucho respeto, y claro.
Tenemos que decir, con mucho respeto, que hay una desproporción brutalmente injusta entre la condena a dos años de prisión a una mujer por usar indebidamente una tarjeta de crédito para comprar comida para su familia, y la impunidad con la que se pasean los defraudadores fiscales, legalizados y blanqueados por el gobierno del PP.
Y claramente, y con mucho respeto, quiero decir aquí que no se acaba con la corrupción pactando con los corruptos.
Así somos nosotros y así debe ser nuestro discurso, un discurso respetuoso, pero claro.
Hoy muchas personas que pusieron su esperanza en el PP se muestran decepcionadas, no solo con el PP. Sé que hay quien no quiere verlo, pero lo cierto es que hoy los mismos ciudadanos que nos sacaron de las instituciones por nuestros errores, están cada día en la calle defendiendo nuestros aciertos y nuestros logros. Los mismos que nos dieron la espalda en los últimos procesos electorales, están luchando por salvar la sanidad pública, los servicios sociales o la educación que nosotros desarrollamos.
Los defienden como suyos, porque suyos son. Esa es sin duda una de las mayores muestras de generosidad de este partido con España.
 Durante años los éxitos de los socialistas han sido los éxitos de todos los españoles, y los errores de los socialistas han sido…Los errores de los socialistas.
 Por eso ahora, cuando toca estar en la calle defendiendo lo conseguido, debemos hacerlo con la cabeza bien alta porque defendemos lo que como socialistas diseñamos y como españoles conseguimos.
La derecha convirtió a Madrid hace años en su gran laboratorio de experimentos, pero es en los últimos meses cuando han cruzado todos los límites y han hecho del gobierno de la Comunidad de Madrid el ariete con el que demoler todo el estado del bienestar en España. Por eso hoy todos los españoles tienen la mirada puesta en lo que aquí pasa, por eso hoy los españoles, más que nunca, están atentos a lo que aquí hacemos los socialistas madrileños.
La voracidad de la derecha en Madrid, los ataques a la educación, la marea blanca, el desmantelamiento de Telemadrid, El Madrid Arena, el desgobierno en el Ayuntamiento de la capital, los escándalos de corrupción, lo áticos,… todo eso ha colocado el foco de atención mediática nacional en nuestra región y en buena medida también en nosotros. De ahí la obligación que todos tenemos de estar a la altura de las circunstancias.
Si el PP madrileño es el ariete de la derecha contra todos los españoles, los socialistas madrileños seremos el muro de contención que intente proteger a todos los españoles. No hemos elegido este papel, pero es nuestra obligación asumirlo y sabemos que contamos para ello con todo los socialistas de España, que se han sumado a la iniciativa de los socialistas madrileños de llevar ante el Constitucional el euro por receta y que han expresado su apoyo a los trabajadores de Telemadrid y a los profesionales de la Marea Blanca.
Era importante, igual que lo es hoy que toda esa inmensa Marea Blanca sintiera el cariño, el apoyo y el reconocimiento de todos los socialistas.
He comenzado mi intervención recordando que son tiempos difíciles, pero desde aquí quiero invitaros a que entre todos, poco a poco, seamos capaces de convertirlos en tiempos de esperanza. No es fácil, lo sé, pero es necesario.
Hay que dar la batalla en la calle y en las instituciones frente a unas políticas injustas, pero también hay que dar esperanzas, hay que explicarle a la gente todo lo que con su apoyo queremos hacer. Tras casi 20 años de gobiernos de derechas en Madrid, los ciudadanos están dispuestos a dar una oportunidad a quienes se la merezcan, y nosotros tenemos la obligación de aprovecharla y no solo porque sea bueno para los socialistas, sino porque es bueno para los madrileños y para los españoles.
Hace apenas unos meses, en el último Comité Regional, ninguno podíamos imaginar que hoy celebraríamos éste con Ignacio González como presidente y sin embargo así ha sido. La crisis está acelerando los tiempos en política y los acontecimientos se suceden a toda velocidad, por eso todos nuestros esfuerzos han de centrarse en estar preparados para afrontar cualquier circunstancia, cualquiera, incluida una convocatoria de elecciones anticipadas.
La deriva que están cogiendo los acontecimientos en Madrid, debe hacernos no descartar que el PP en Madrid acabe sumido en tal crisis institucional que la única salida posible sea precisamente la convocatoria de unas elecciones anticipadas.
El PP es consciente de que se encuentra en la recta final de sus mayorías absolutas en Madrid y por eso ha decidido pisar el acelerador de las privatizaciones. Los últimos presupuestos que han aprobado han supuesto colocar un enorme cartel de “Se vende” sobre toda la Comunidad. Hospitales, centros de salud, Telemadrid, Metro, Canal de Isabel II, todo el patrimonio de los madrileños está hoy en venta preparado para ser vendido al mejor postor, cuando no al mejor amigo del alma. Saben que el tiempo se les acaba y están dispuestos a arrasar con todo en el poco tiempo que les queda.
Hay quien está escandalizado por los cien primeros días de gobierno del heredero de la Sra. Aguirre, pero cada vez son más los que se dan cuenta que las políticas que se han llevado a cabo en estos últimos cien días no son más que las mismas políticas que llevan poniendo en marcha en los últimos 20 años, sólo que llevadas a la enésima potencia por las prisas.
Frente a esta política de tierra quemada que el PP está llevando a cabo en Madrid, nosotros tenemos que explicar nuestro plan de reforestación. Frente a la destrucción de todo lo público, un plan de reconstrucción. No será fácil, lo sabemos y los madrileños también lo saben, pero nosotros sabemos que es posible y debemos hacer que la gente también lo sepa.
Compañeras y compañeros,
Todos sabemos muy bien que el crédito se gana con dificultad y se pierde con facilidad. La derecha, que prometió devolver el crédito a nuestro país, no sólo no lo ha devuelto sino que ha perdido el suyo, el que le dieron de manera generosa los ciudadanos en 2011. Y con su descrédito han echado a perder en el corazón de mucha gente el crédito de la política, del sistema representativo, de la democracia realmente existente, de la democracia que ha dado tres largas décadas de prosperidad y libertad a la sociedad española.
Nadie dijo nunca que esto fuera a ser fácil, pero es posible, y si es posible entonces estamos obligados. La sociedad ha reaccionado de manera vigorosa en defensa del Estado del Bienestar, en defensa de la sanidad y de la educación públicas. Y tengo que decir que cuando la sociedad reaccionó, nosotros, los socialistas madrileños, ya estábamos allí. Estoy convencido de que si nosotros también estamos donde debemos estar en la defensa de la democracia, ahora, en este tiempo difícil, la sociedad sabrá reconocernos y devolvernos su confianza.